Hay algo sin resolver en el título Mucho por ver. No es optimista, pero tampoco trágico. Simplemente abierto. Suspendido en algún lugar entre lo que queda y lo que es posible.
Cuando J. M. Magano presentó la serie por primera vez en 2024 en el Museo Tiflológico de la ONCE, ya estaba claro que no se trataba de fotografía en el sentido convencional. No consistía en documentar lo visible… sino en traducir la percepción.
Ahora, con la presentación del libro en la ONCE, ese mismo trabajo vuelve en otra forma. Más íntima. Más completa.
El propio Magano lo ha dicho: no intenta fotografiar imágenes, sino sensaciones, sencillamente porque para él «casi todo se ha fundido a negro».
En la práctica, eso se traduce en una obra que parece construida más que capturada. La luz es inestable. Las formas se disuelven. Las sombras pesan más que los sujetos.
Hay una sensación constante de que la imagen está a punto de desaparecer, y es justo ahí donde se sostiene.
Su proceso lo refuerza. Trabajando con técnicas del siglo XIX como el calotipo, construye cada fotografía a mano, tratando los negativos más como superficies que como registros, ajustando densidad, luz y contraste como lo haría un pintor.
El libro no se limita a archivar la obra, la replantea. Si la exposición era espacial, el libro es temporal.
Una secuencia de imágenes interrumpida por frases breves. No son pies de foto ni exactamente explicaciones, sino algo más cercano a fragmentos. Juntas crean un ritmo que refleja su forma de ver: parcial, intuitiva, construida tanto desde la memoria como desde la luz.
Se lee menos como una monografía y más como un trayecto.
Lo recorres tal y como Magano describe su propia visión: a través del sentir, no de la nitidez.
La pérdida de visión de Magano fue progresiva. No repentina, sino gradual, lo que le obligó a adaptar no solo la vista, sino la propia percepción.
Y ese cambio es central en su obra.
Donde la fotografía convencional depende de la precisión, su trabajo abraza la ambigüedad:
«Se puede perder la vista, pero nunca la mirada».
En la presentación del libro, a la que tuvimos el placer de asistir, lo que se quedó con nosotros no fue solo la obra: fue la forma en que habló de ella.
La pérdida, sí. Pero no planteada como un final. Más bien como una condición dentro de la cual aprendes a moverte.
Había algo preciso en cómo describía su proceso, pero también algo desarmantemente abierto en cómo hablaba de la esperanza. No como optimismo, sino como continuidad. Como la decisión de seguir creando imágenes incluso cuando el propio acto se vuelve incierto.
Una historia de esperanza y belleza.
Descubre aquí la obra de Magano.

