Hace unas semanas organizamos una gran cena aTable y, entre nuestros invitados, estaba Souloner. Nos sentamos con la leyenda para una charla muy divertida y un paseo por Madrid en su nuevo Mercedes, o «Mercho», como él lo llama.
Sigue leyendo y echa un vistazo a las fotos del final.
En la última década, Souloneryounger se ha convertido discretamente en uno de los fotógrafos más reconocibles de España. Su trabajo ha documentado desde la cultura sneaker y el día a día en Madrid hasta incontables viajes por Nueva York, siempre con una mirada instintiva, honesta e inconfundiblemente suya. Aunque las redes sociales han amplificado sin duda su trabajo, nunca parecen ser el motor. Las fotos siempre van primero.
Sin embargo, mucho antes de que la fotografía se convirtiera en su profesión, estuvo el graffiti. Antes de las campañas, los clientes y las colaboraciones, solo había un chaval de Moratalaz buscando un nombre que le encajara. Nos sentamos con Soul para hablar de cómo empezó todo, de cómo la fotografía fue entrando poco a poco en su vida y de por qué, a pesar de todo lo que ha cambiado, lo que más importa sigue exactamente igual.
«Nadie me conoce como Álvaro. Ni siquiera mi padre me llama Álvaro.»
Se ríe antes de continuar.
Desde hace más de veinte años, todo el mundo lo conoce simplemente como Soul. Es un nombre que le ha acompañado en cada etapa de su vida, del graffiti a la fotografía, de su primera cámara al trabajo que hoy llega a cientos de miles de personas en internet.
La historia que hay detrás es mucho menos calculada de lo que la mayoría imaginaría.
«Tendría unos trece años. Todos en mi clase tenían ya un tag. Todos los chavales a los que les iba el hip-hop tenían uno, y a mí me costó casi un año entero dar con algo que me gustara.»
A diferencia de muchos nombres de graffiti, no había ningún significado oculto ni una historia elaborada detrás.
«Un día, saliendo del colegio, alguien me dio un flyer de una fiesta juvenil que se llamaba Soul Train. Por esa misma época yo jugaba al Getting Up en la PlayStation, cuyo protagonista se llama Trane. No quería que la gente pensara que había copiado el juego, así que quité el “Train” y me quedé con “Soul”.»
Dos décadas después, nada ha cambiado.
«Desde entonces soy Soul.»
Aunque nació en Torrejón de Ardoz, Soul creció entre Torrejón y Moratalaz. Pero si le preguntas cuál siente como su casa, la respuesta llega casi al instante.
«Moratalaz. Siempre.»
Como tantas historias de esa generación, el graffiti fue la puerta de entrada a todo lo demás. Pintar paredes le llevó de forma natural al hip-hop, el hip-hop al rap, el rap al cine y, muy pronto, otro lugar empezó a ocupar su imaginación.
«Todo empezó con la música. La música y las películas.»
Mucho antes de pisar Nueva York, la ciudad ya existía en su cabeza. Para alguien que crecía a principios de los 2000, representaba algo mucho más grande que un destino. Era de donde venía la cultura, donde se grababan los discos que escuchaba, donde transcurrían las historias que veía en pantalla.
«Siempre me pareció el sitio donde pasaba todo. La ciudad de las oportunidades.»
Escuchar casi exclusivamente rap de la Costa Este no hizo más que aumentar esa fascinación.
«Para mí, los mejores raperos siempre han sido de la Costa Este.»
La fotografía no llegó a través de una carrera cuidadosamente planificada. Más bien, se fue colando poco a poco en su vida mientras él estaba centrado en cosas completamente distintas.
Por aquel entonces, Soul intentaba compaginar los estudios, el atletismo y un trabajo en Foot Locker, metiendo todo lo que podía en cada día hasta que, al final, algo tenía que ceder.
«Entrenaba temprano por la mañana, luego iba a clase y después trabajaba en Foot Locker. No había horas suficientes en el día.»
Dejar los estudios no formaba parte de ningún gran plan. Simplemente era la decisión que más sentido tenía en ese momento. Siguió entrenando, siguió trabajando y empezó a aceptar encargos de fotografía cada vez que surgían. Visto ahora, el momento no podía haber sido más perfecto.
La cultura sneaker estaba entrando en uno de sus momentos decisivos.
«Supreme. Las Jordan 1. Las Yeezy... todo pasó a la vez.»
Trabajar en retail le acercó de forma natural al calzado, pero nunca se trató de perseguir el hype.
«Nunca me gustó el lado de la reventa. Odiaba quedarme sin un par porque alguien se había comprado cien. El negocio es el negocio, lo entiendo. Pero siempre me ha cabreado. Lo que me encantaba era conseguir por fin la zapatilla y hacerle fotos.»
Como la mayoría de quienes fotografiaban sneakers en aquella época, sus primeros trabajos giraban en torno a fotos puestas. Con el tiempo, sin embargo, tanto la industria como su propia mirada evolucionaron.
«Creo que las sneakers son más bonitas cuando las tratas como objetos. La luz importa. Los cordones importan. Cada pequeño detalle importa.»
En lugar de documentar una zapatilla, empezó a construir una imagen a su alrededor. Menos centrado en enseñar el producto y más en darle presencia.



